Cinco meses sufriendo… por un problema que nunca existió

Hay veces que el mayor problema no está en la realidad.

Está en la historia que nuestra mente escribe.

Ayer fui al dentista con un miedo terrible.

Desde febrero, cuando se me rompió una muela durante un viaje a Barcelona, había construido el peor escenario posible. Imaginaba endodoncias, quitar un puente, varias citas, mucho dolor y una cuenta enorme.

Mientras más tiempo pasaba, más grande se hacía esa película.

Llegué al consultorio temblando, con las manos sudando y convencida de que venían malas noticias.

Primero me tomaron radiografías y, al verlas, la doctora incluso pensó que probablemente habría que hacer un tratamiento importante. Por un momento sentí que todos mis temores se confirmaban.

Pero después hizo algo muy sencillo: dejó de ver únicamente la radiografía y comenzó a revisar mi boca.

A los pocos minutos encontró la verdadera causa.

No era una muela destrozada.

Era un pequeño pedazo de raíz que había quedado ahí quién sabe desde cuándo.

Me anestesió, lo retiró sin que yo siquiera me diera cuenta y, veinte minutos después, salí del consultorio con la boca perfecta.

Sin endodoncias.

Sin quitar puentes.

Sin tratamientos largos.

Mientras manejaba de regreso a casa no podía dejar de pensar en algo.

Había pasado cinco meses sufriendo por un problema que nunca existió.

Y entonces entendí que eso nos pasa mucho más seguido de lo que imaginamos.

La mente odia los espacios en blanco

Cuando no sabemos qué va a pasar, nuestro cerebro intenta completar la historia.

Y, curiosamente, muchas veces no escribe un final feliz.

Escribe el peor.

Una llamada del médico.

Una conversación pendiente.

Un estudio.

Un cambio de trabajo.

Un hijo que no contesta el teléfono.

Un mensaje que tarda en llegar.

Con muy poca información, nuestra imaginación construye historias completas. No porque quiera hacernos daño, sino porque intenta prepararnos para cualquier peligro.

El problema es que muchas de esos peligros nunca llegan.

Y aun así los sufrimos.

Dormimos peor.

Nos angustiamos.

Perdemos tranquilidad.

Gastamos energía en resolver situaciones que solo existen dentro de nuestra cabeza.

También pasa cuando pensamos en viajar

Desde que nació Vamos he escuchado cientos de historias.

Y, curiosamente, antes de hablar de destinos, casi siempre aparecen los miedos.

«¿Y si no conozco a nadie?»

«¿Y si todas ya son amigas y yo me siento fuera de lugar?»

«¿Y si me toca compartir habitación con alguien muy diferente a mí?»

«¿Y si me canso y retraso al grupo?»

«¿Y si me enfermo?»

«¿Y si soy la única que viaja sola?»

«¿Y si ya estoy muy grande para empezar?»

Son preguntas completamente normales.

Todas nacen del deseo de protegernos.

Pero hay algo que me llama mucho la atención.

Después del viaje, casi nunca hablamos de esos miedos.

Hablamos de las amigas que aparecieron.

De las conversaciones que nunca olvidaremos.

De las risas.

De los abrazos.

De la tranquilidad de descubrir que sí podíamos.

Y, sobre todo, de una frase que he escuchado muchas veces:

«¿Por qué no lo hice antes?»

Porque la mayoría de las veces, el miedo fue mucho más grande que la realidad.

No le regales tiempo al miedo

Ayer comprendí que el verdadero problema no había sido una muela.

Había sido el tiempo que le regalé al miedo.

Cinco meses imaginando un desastre que nunca ocurrió.

Y me pregunté cuántas veces hacemos exactamente lo mismo con otras decisiones importantes de nuestra vida.

Posponemos un viaje.

Una conversación.

Un proyecto.

Una llamada.

Un cambio.

No porque sea imposible.

Sino porque nuestra mente ya escribió el peor de los finales… antes de que la historia siquiera comenzara.

No estoy diciendo que nunca haya problemas.

Claro que los hay.

Pero también existen muchísimos problemas que jamás llegan a suceder.

Y esos son los más injustos de todos.

Porque nos roban algo que nunca podremos recuperar.

Tiempo.

La próxima vez que descubras que llevas días, semanas o incluso meses preocupándote por algo, tal vez valga la pena detenerte un momento y hacerte una pregunta muy sencilla:

¿Esto está ocurriendo de verdad… o solo está ocurriendo en mi cabeza?

Quizá descubras, como me pasó a mí, que la realidad suele ser mucho más amable que la película que imaginamos.

Y que muchas veces, el primer paso para vivir más tranquilo —o para atreverte a hacer ese viaje que llevas tanto tiempo posponiendo— es dejar de creerle todo lo que el miedo te cuenta.

2 comentarios en “Cinco meses sufriendo… por un problema que nunca existió”

  1. Eleonora, es totalmente cierto, que nos hacemos la cabeza, así se dice en mi país, Uruguay.
    Que mal a la salud nos debe de hacer ese preocupar que después resulta con final feliz.
    Y podemos respirar tranquilos nuevamente.
    Gracias a Dios que así sea.
    Pero esa preocupación sin duda algo nos debe de haber afectado en nuestra salud.
    Procuremos ser más ligt, o aprendamos a serlo.
    Nada fácil pero probemos a ver qué tal nos va.
    Saludos

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