No todo lo que sueñas necesita una opinión

Hay una escena que se repite más de lo que pensamos.

Tienes una idea.

Un viaje. Un proyecto. Una decisión. Algo que te emociona.

Llevas días, quizá meses, imaginándolo. Cada vez que lo piensas sientes esa mezcla maravillosa de ilusión y nervios que aparece cuando algo realmente nos importa.

Y entonces lo cuentas.

—Quiero hacer un viaje sola.

—¿Sola? ¡Qué peligro!

—Estoy pensando irme con un grupo de mujeres que no conozco.

—¿Estás loca?

—Quiero hacer ese viaje que siempre he soñado.

—¿Y cuánto cuesta?

Dices la cantidad.

Silencio.

Y después:

—¡¿Tanto?! Yo jamás gastaría eso en un viaje.

Y sucede algo curioso.

Veinte minutos antes estabas emocionada.

Veinte minutos después estás dudando.

Pero el viaje no cambió.

El destino sigue siendo el mismo.

El precio tampoco cambió.

Y tus ganas, en realidad, tampoco.

Lo único que cambió fue que entraron las opiniones de los demás.

Cuando nuestra vida se convierte en una votación

Hay algo que me parece fascinante: podemos pasar meses o incluso años deseando algo y, sin embargo, basta una conversación para empezar a desconfiar de nuestro propio deseo.

De pronto, un viaje que nos hacía ilusión está siendo sometido a votación por personas que ni siquiera van a ir.

Y no hablo solamente de viajes.

Pasa con los proyectos.

Con las relaciones.

Con los cambios de vida.

Con las decisiones económicas.

Con esa idea que llevamos tiempo acariciando.

Con cualquier cosa que se salga un poco de lo esperado.

Contamos lo que queremos hacer y, sin darnos cuenta, entregamos nuestra ilusión a una especie de comité que empieza a evaluarla.

¿Es conveniente?

¿Es prudente?

¿Es demasiado caro?

¿Es demasiado arriesgado?

¿Es adecuado para tu edad?

¿No sería mejor hacer otra cosa?

Y quizá la pregunta más importante nunca aparece:

¿Tú quieres hacerlo?

No siempre es envidia

Es muy fácil pensar que cuando alguien cuestiona nuestros planes es porque nos tiene envidia.

Y a veces puede ser.

Pero muchas otras veces no.

Muchas veces las personas que nos quieren nos aconsejan con la mejor intención.

El problema es que todos miramos la vida desde nuestra propia ventana.

Desde nuestros miedos.

Desde nuestras experiencias.

Desde nuestras posibilidades.

Desde nuestras renuncias.

Desde lo que nosotros nos atreveríamos —o no— a hacer.

Una persona que jamás viajaría sola probablemente verá viajar sola como una locura.

Alguien que tiene miedo a volar encontrará muchísimas razones para explicarte por qué no deberías subirte a un avión.

Quien nunca gastaría una cantidad importante de dinero en un viaje quizá piense que tú estás desperdiciando el tuyo.

Y alguien que necesita tener todo bajo control probablemente no entienda cómo puedes irte a viajar con personas que acabas de conocer.

No necesariamente quieren hacerte daño.

Quizá te quieren profundamente.

Pero hay algo que he ido entendiendo:

Que alguien nos quiera no significa que sepa qué es lo mejor para nuestra vida.

Porque, muchas veces, los demás nos aconsejan desde la vida que ellos podrían vivir.

No desde la que nosotros queremos vivir.

¿Estás pidiendo una opinión o estás pidiendo permiso?

Esta pregunta me parece incómoda.

Y precisamente por eso creo que vale la pena hacérnosla.

¿Cuántas veces decimos:

“Te cuento para ver qué opinas”?

Y en realidad estamos preguntando:

¿Me das permiso de querer esto?

¿Me das permiso de gastar mi dinero de esta manera?

¿Me das permiso de irme?

¿Me das permiso de elegir algo que tú no elegirías?

¿Me das permiso de hacer algo que quizá no entiendas?

Muchas mujeres crecimos consultando nuestras decisiones.

Primero con nuestros padres.

Después con la pareja.

Con los hijos.

Con la familia.

Con las amigas.

Nos acostumbramos a explicar.

A justificar.

A tranquilizar a los demás.

A conseguir suficientes votos a favor antes de atrevernos a hacer algo.

Y quizá hemos llegado a un momento de la vida en el que podemos empezar a entender algo:

Nuestra vida no necesita ser aprobada por unanimidad.

Escuchar es importante.

Pedir consejo también.

Hay personas que saben más que nosotros y pueden ayudarnos a ver cosas que no estamos viendo.

Pero escuchar una opinión no significa entregar nuestra decisión.

Y pedir consejo no significa pedir permiso.

Hay sueños que necesitan echar raíces

Por eso últimamente he pensado mucho en aquella frase que tantas veces hemos escuchado:

“No cuentes tus cosas.”

Nunca me ha gustado demasiado.

Yo cuento.

Comparto.

Platico.

Me emociono con otros.

Muchas de las cosas más bonitas que me han pasado han nacido precisamente de una conversación.

¿Vamos? nació así.

De compartir una idea.

De decirla en voz alta.

De preguntar:

¿Quién quiere venir?

Así que no creo que la respuesta sea vivir escondiendo nuestros planes o desconfiando de todo el mundo.

Creo que la respuesta es mucho más sencilla y mucho más sabia:

No todo se cuenta.
No a todos.
Y no en cualquier momento.

Hay sueños que, cuando apenas están naciendo, son frágiles.

Todavía no tienen raíces.

Y a veces los exponemos demasiado pronto a las dudas, los miedos y las opiniones de los demás.

Pienso en una semilla.

Cuando acabas de sembrarla, no la sacas todos los días de la tierra para enseñársela a la gente y preguntar:

“¿Cómo la ves?”

“¿Crees que sí vaya a crecer?”

“¿No estará demasiado pequeña?”

“¿No debería plantarla en otro lugar?”

La dejas ahí.

La riegas.

La cuidas.

Le das tiempo.

Esperas a que eche raíces.

Creo que algunos sueños necesitan exactamente lo mismo.

Un viaje.

Un proyecto.

Una decisión importante.

Una nueva etapa.

Un cambio que apenas estamos empezando a imaginar.

A veces necesitamos quedarnos un ratito con eso que queremos antes de entregarlo a la mirada de los demás.

No para esconderlo.

Para fortalecerlo.

No todas las personas saben cuidar un sueño

También he aprendido que no todas las personas tienen que entrar en todos nuestros procesos.

Hay personas a las que les cuentas una idea y te preguntan:

¿Y tú qué quieres?

Hay personas que quizá jamás harían lo que tú estás pensando hacer, pero son capaces de respetar que esa sea tu elección.

Hay personas que te ayudan a pensar.

Que hacen preguntas importantes.

Que te advierten de un riesgo real sin intentar quitarte las ganas.

Que te acompañan sin querer decidir por ti.

Y hay otras que, en cinco minutos, encuentran veinte razones por las que todo va a salir mal.

La sabiduría quizá no está en dejar de compartir.

Está en aprender qué compartir, cuándo compartirlo y con quién.

Porque una cosa es buscar consejo.

Y otra muy diferente es entregarles a los demás el poder de decidir si nuestro sueño merece existir.

El costo de las cosas que no hicimos

Hablamos mucho de las consecuencias de nuestras decisiones.

¿Qué pasa si hago ese viaje y algo sale mal?

¿Qué pasa si gasto ese dinero?

¿Qué pasa si me equivoco?

¿Qué pasa si el proyecto no funciona?

Son preguntas válidas.

Pero hay otra pregunta que hacemos mucho menos:

¿Qué pasa si no lo hago?

También hay consecuencias en las decisiones que no tomamos.

En los viajes que dejamos pasar.

En las oportunidades que rechazamos.

En los sueños que abandonamos porque alguien más no los entendió.

En las veces que dijimos “mejor no” cuando en realidad queríamos decir “sí”.

Eso también tiene un costo.

Solo que muchas veces no aparece en una cuenta bancaria ni se puede medir.

Aparece años después, convertido en una pregunta:

¿Qué habría pasado si me hubiera atrevido?

La libertad de no ser entendida por todos

Durante mucho tiempo pensé que la libertad tenía que ver con poder hacer cosas.

Poder viajar.

Tener tiempo.

Tener dinero.

Poder decidir.

Y, por supuesto, todo eso es libertad.

Pero ahora creo que hay otra mucho más profunda:

La libertad de no necesitar que todos estén de acuerdo contigo.

Poder decir:

Esto es importante para mí.

Aunque tú no lo entiendas.

Esto me hace ilusión.

Aunque tú no lo harías.

Esto es lo que quiero vivir.

Aunque no sea lo que tú elegirías.

Y no pasa nada.

No tenemos que convencer a nadie.

No tenemos que conseguir votos suficientes.

No tenemos que presentar una defensa de nuestra propia vida.

Quizá uno de los grandes privilegios de cumplir años sea precisamente este:

Dejar de pedir permiso disfrazado de opinión.

Escuchar, sí.

Aprender, siempre.

Pedir ayuda cuando la necesitamos.

Buscar consejo en las personas adecuadas.

Pero después…

decidir.

Antes de contarlo, pregúntate esto

La próxima vez que tengas una idea que te emocione, quizá no tengas que correr inmediatamente a preguntarle a todo el mundo qué piensa.

Quédate un ratito con ella.

Escúchate.

Y hazte una pregunta muy sencilla:

¿Yo quiero esto?

No:

¿Les parece bien?

No:

¿Lo entienden?

No:

¿Ustedes lo harían?

Simplemente:

¿Yo quiero esto?

Y si la respuesta es sí, quizá puedas darle un poco de tiempo.

Cuidarlo.

Pensarlo.

Trabajarlo.

Dejarlo echar raíces.

Y después, cuando quieras compartirlo, compartirlo.

Pero no para pedir permiso.

No para someterlo a votación.

No para que alguien más decida si tiene valor.

Cuenta tus cosas cuando quieras compartirlas.
No cuando necesites permiso para vivirlas.

Porque no todo lo que sueñas necesita una opinión.

Algunas cosas solo necesitan tiempo.

Trabajo.

Convicción.

Y que tú creas en ellas.

Y si después alguien no lo entiende…

también está bien.

Tu vida no necesita ser aprobada por unanimidad.

Necesita ser vivida.

Por ti.

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