Viajar también cambia con los años… y qué bueno que así sea

Hace unos días escuchaba un podcast en el que hablaban, entre risas, de todo eso que nadie nos cuenta sobre cumplir años.

Los lentes.

Las rodillas.

Los achaques.

Esas pequeñas cosas que, cuando eres joven, ni siquiera imaginas.

Y sí… me reí muchísimo.

Porque muchas de ellas también me pasan.

Pero mientras lo escuchaba, pensé que hay algo de lo que casi nunca hablamos.

También cambia nuestra forma de viajar.

Y, curiosamente, creo que ese cambio no tiene tanto que ver con la edad como con la manera en que aprendemos a vivir.

Cuando somos jóvenes, viajamos de una forma muy distinta.

Queremos verlo todo.

Dormimos poco.

Caminamos kilómetros.

Hacemos cinco ciudades en seis días.

Volvemos agotadas, pero felices de decir:

«¡No dejamos nada sin ver!»

Después llegan los años de construir la vida.

Los viajes tienen que acomodarse entre las vacaciones escolares, los presupuestos familiares, el trabajo, las responsabilidades y el famoso «a ver si nos dan permiso».

Muchas veces viajamos.

Pero nunca terminamos de desconectarnos.

Porque siempre había alguien esperándonos de regreso.

Y entonces, casi sin darnos cuenta…

Llega esta etapa.

Una etapa de la que muchas personas hablan solamente para mencionar las arrugas o los achaques.

Yo prefiero verla desde otro lugar.

Porque, para mí, este puede ser el momento más libre de toda nuestra vida.

No porque ya no existan responsabilidades.

Claro que siguen existiendo.

Pero, por primera vez, muchas de nosotras podemos hacernos una pregunta que durante años quedó escondida entre tantas obligaciones:

¿Qué quiero yo?

No qué esperan de mí.

No qué debería hacer.

No qué van a pensar los demás.

¿Qué quiero yo?

Y esa pregunta cambia muchas cosas.

También cambia la forma de viajar.

Después de más de veinticinco años organizando viajes, me he dado cuenta de que las mujeres que hoy viajan conmigo ya no buscan presumir fotografías.

Buscan volver distintas.

Ya no necesitan correr para tachar monumentos de una lista.

Prefieren sentarse una hora en una plaza.

Tomarse un café sin prisa.

Perderse por una calle bonita.

Conversar largamente durante un desayuno.

Quedarse viendo el mar sin sentir que están perdiendo el tiempo.

Porque entendieron algo muy importante.

Viajar no consiste en hacer más cosas.

Consiste en vivirlas más profundamente.

Y creo que eso también sucede con la vida.

Durante muchos años estuvimos ocupadas construyéndola.

Sacando adelante hijos.

Trabajo.

Familia.

Compromisos.

Haciendo lo que tocaba hacer.

Y de pronto un día descubrimos que también tenemos derecho a disfrutar todo aquello que construimos.

No creo que sea casualidad que muchas mujeres empiecen a viajar más justo en esta etapa.

No es porque antes no soñaran.

Es porque antes, simplemente, no podían.

O sentían que no podían.

Había demasiadas prioridades antes que ellas.

Por eso me emociona tanto cuando alguna mujer de Vamos me dice:

«Nunca había viajado sola.»

«Siempre quise hacerlo.»

«Pensé que ya era demasiado tarde.»

Y resulta que no.

No era tarde.

Era su momento.

También me emociona ver cómo cambian los viajes.

Ya no importa tanto el hotel más lujoso.

Importa con quién compartes el desayuno.

Ya no buscamos llenar el día de actividades.

Buscamos llenar el corazón de momentos.

Ya no queremos regresar diciendo cuántos lugares conocimos.

Queremos volver sintiendo que algo cambió dentro de nosotras.

Y quizá ese sea el regalo más bonito que nos hacen los años.

No que el cuerpo cambie.

Eso va a pasar de todas maneras.

El verdadero regalo es que, por fin, el tiempo empieza a pertenecernos un poquito más.

Y ahora depende, en gran medida, de nosotras decidir cómo queremos vivirlo.

Podemos seguir pensando que ya es tarde para muchas cosas.

O podemos empezar a aprender un idioma.

Hacer ejercicio.

Escribir.

Pintar.

Conocer nuevas amigas.

Viajar.

Reinventarnos.

Porque sí…

Ahora necesitamos lentes para leer el menú.

Alguna rodilla protesta cuando bajamos del autobús.

Y seguramente tardamos un poquito más en recuperarnos de una caminata.

Pero también tenemos algo que nunca habíamos tenido con tanta claridad.

La libertad de elegir.

Y esa libertad vale muchísimo más que cualquier arruga.

Hay viajes que nos enseñan a partir.

Otros nos enseñan a volver.

Y quizá la madurez consista precisamente en eso.

En descubrir que ya no viajamos para escapar de nuestra vida.

Viajamos porque nos gusta tanto la vida que queremos vivirla en más lugares, con más calma y con las personas que amamos.

Hace treinta años estaba ocupada construyendo mi vida.

Hoy también quiero disfrutarla.

Y por eso viajo diferente.

No porque tenga menos energía.

Sino porque tengo mucho más claro lo que realmente vale la pena.

Ya no corro detrás de los lugares.

Prefiero detenerme en los momentos.

Porque al final, los viajes más importantes no son los que nos llevan más lejos.

Son los que, de alguna manera, siempre terminan devolviéndonos a nosotras mismas.

1 comentario en “Viajar también cambia con los años… y qué bueno que así sea”

  1. Fantástico!! Tengo 86 años y disfruto cada momento,mucho más que antes cuando era joven,ahora me relajo y lo que veo lo disfruto el doble y sin apuro…Me encanto el relato.
    Pienso igual a ti Eleonora…
    .

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