
Hay puertas que no están cerradas con llave. Las mantenemos cerradas nosotras mismas, muchas veces por miedo.
Durante muchos años fui una mujer terriblemente tímida.
No de esas personas que simplemente prefieren escuchar antes que hablar. Mi timidez iba acompañada de miedos: miedo a no encajar, a no ser suficiente, a decir algo equivocado, a que no me aceptaran como era.
Y cuando vivimos pendientes de lo que los demás puedan pensar, sin darnos cuenta empezamos a renunciar a muchas cosas.
A una invitación. A una conversación. A conocer gente nueva. A viajar sin compañía. A entrar en un lugar donde no conocemos a nadie.
Nos convencemos de que estamos más cómodas quedándonos donde estamos.
Pero ¿cuántas veces esa comodidad no es otra cosa que miedo disfrazado?
El caparazón que construimos
La timidez puede convertirse en una especie de caparazón.
Nos protege de sentirnos expuestas, de enfrentar un posible rechazo, de pasar un momento incómodo.
Pero también puede aislarnos de experiencias maravillosas.
Y lo más difícil es que, con el tiempo, terminamos creyendo que somos así y que no hay nada que hacer.
Yo tardé muchos años en empezar a salir de ese caparazón. No fue fácil ni sucedió de un día para otro. La vida me puso enfrente situaciones difíciles que me obligaron a descubrir capacidades que ni siquiera sabía que tenía.
Hoy, cuando recuerdo a aquella mujer que fui, no siento vergüenza.
Siento unas ganas enormes de abrazarla.
De decirle que no necesitaba ser diferente para merecer cariño, amistad o un lugar entre los demás.
Y, sobre todo, que me hubiera encantado que alguien le tendiera la mano.
Un viaje que terminó siendo mucho más
Hace unos días regresé de Tequisquiapan con un grupo de 32 mujeres de nuestra comunidad ¿Vamos?
Fue un viaje lleno de conversaciones, risas, paseos y momentos que seguiremos recordando.
Pero lo que más me emocionó no estaba en el itinerario.
Algunas mujeres llegaron sin conocer prácticamente a nadie. Otras venían acompañadas de amigas. Algunas eran muy abiertas y otras apenas se atrevían a participar en las primeras conversaciones.
Cada una traía consigo una historia de vida que las demás desconocíamos.
Y poco a poco sucedió algo precioso.
Las que ya se conocían comenzaron a integrar a las nuevas. Las más tímidas empezaron a conversar. Las mesas se mezclaron. Aparecieron las carcajadas, las confidencias y esa complicidad que no se puede organizar ni comprar.
Porque una cosa es preparar un viaje y otra muy distinta es lo que las personas deciden construir cuando están juntas.
Y fueron ellas quienes hicieron posible esa magia.
El permiso que a veces nos negamos
Hay otro miedo del que hablamos poco: el miedo a pensar en nosotras mismas.
Muchas mujeres han pasado gran parte de su vida cuidando, acompañando, resolviendo problemas y atendiendo las necesidades de los demás.
Y cuando aparece una oportunidad de hacer algo solamente por gusto, surge la culpa.
¿Será egoísta irme unos días?
¿Y si me necesitan?
¿Qué van a pensar?
A veces hasta sentimos que debemos justificar una escapada, como si disfrutar necesitara una explicación importante.
Pero hay algo que deberíamos recordar con más frecuencia:
No tenemos que dejar de querer a los demás para empezar a querernos también a nosotras.
Podemos tener responsabilidades, preocupaciones y circunstancias difíciles, y aun así merecer momentos de alegría.
Podemos cuidar y también dejarnos cuidar.
Podemos estar para los demás sin desaparecer de nuestra propia vida.
Y podemos regalarnos unos días de descanso, convivencia o aventura sin sentir que estamos haciendo algo malo.
No necesitas convertirte en otra persona
Algo que me gustaría decirles a todas las mujeres que todavía no se animan a participar en una actividad, hacer un viaje o conocer gente nueva es que no necesitan cambiar su personalidad para hacerlo.
No hace falta ser extrovertida.
No necesitas tener una conversación interesantísima preparada.
Ni ser la más divertida, la más segura o la más aventurera.
Puedes llegar siendo tú.
Puedes escuchar más de lo que hablas.
Puedes necesitar tiempo para sentirte cómoda.
Y puedes descubrir que, cuando estás rodeada de personas que te reciben sin juzgarte, resulta mucho más sencillo dar ese primer paso.
A veces basta una sonrisa, una silla que alguien nos ofrece o una conversación inesperada.
Una mano tendida.
Una puerta abierta.
Y lo que parecía imposible comienza a sentirse un poquito más cercano.
Lo que descubrí al detenerme
Al regresar del viaje tuve que guardar reposo durante varios días.
Y ese tiempo, que no estaba en mis planes, terminó regalándome algo que necesitaba: la oportunidad de detenerme y mirar lo que había sucedido.
Volví a ver las fotografías, leí los mensajes cariñosos que seguían llegando al chat y recordé a aquellas mujeres que habían comenzado el viaje con tanta reserva y que después compartían conversaciones y carcajadas.
Y entendí por qué me había emocionado tanto.
Porque reconocí en algunas de ellas a aquella mujer que fui.
La que tenía miedo.
La que no sabía cómo acercarse.
La que hubiera agradecido que alguien le dijera: «Ven, aquí hay un lugar para ti».
Y entonces comprendí que una de las cosas que más sentido le dan hoy a mi vida es contribuir a crear esos espacios para otras mujeres.
No para decirles cómo deben vivir.
Ni para convencerlas de que todas tienen que viajar, bailar o hacer nuevas amistades.
Sino para recordarles que todavía existen posibilidades que quizá no han imaginado.
Que una nueva amistad puede comenzar a cualquier edad.
Que podemos seguir descubriendo cosas de nosotras mismas.
Que nuestra historia no está terminada.
Y que siempre puede haber algo maravilloso esperando del otro lado de una puerta que todavía no nos hemos atrevido a cruzar.
Todavía hay mucho por vivir
Quizá tú también has dejado pasar oportunidades por miedo.
Quizá has dicho muchas veces «mejor para la próxima».
Quizá te gustaría conocer gente nueva, viajar o simplemente hacer algo diferente, pero hay una vocecita que insiste en recordarte todo lo que podría salir mal.
No necesitas callar esa vocecita de golpe.
Pero quizá puedas empezar a preguntarte algo distinto:
¿Y si esta vez sale bien?
¿Y si encuentras una amiga?
¿Y si descubres un lugar que te encanta?
¿Y si te ríes como hace mucho no lo hacías?
¿Y si resulta que eres mucho más capaz de lo que imaginabas?
No todos los viajes transforman una vida. Pero algunos pueden abrir una puerta.
Y a veces, cruzarla es el principio de algo maravilloso.
Hoy me gustaría abrazar a aquella mujer tímida que fui y decirle que no tenga tanto miedo.
Que no necesita demostrar nada para ser suficiente.
Que hay personas maravillosas que todavía no conoce.
Y que algún día, sin siquiera imaginarlo, quizá ella misma podrá convertirse en esa mano que tanto necesitó.
Porque todavía nos queda muchísimo por vivir.
Eleonora Ruenes
Viajando la Vida
¿Te gustaría escuchar la historia que inspiró esta reflexión?
En el episodio 41 de Viajando la Vida, «La puerta que alguien debió abrirme», comparto lo que vivimos en Tequisquiapan y por qué este viaje me hizo mirar mi propia historia de una manera diferente.
