
Viajar es una de las experiencias más maravillosas que podemos regalarnos.
Pero hay algo que he aprendido después de tantos años organizando viajes: no todas viajamos de la misma manera.
Y eso que parece tan evidente puede convertirse en una fuente de carcajadas… ¡o de verdaderos dolores de cabeza!
Porque una cosa es llevarnos maravillosamente bien con una amiga tomando café y otra muy distinta es compartir con ella una habitación durante diez días.
La que lo tiene todo organizado
Tiene los boletos, las reservaciones, los horarios y hasta el pronóstico del tiempo.
Sabe a qué hora abre el museo, dónde está el restaurante y cuánto tarda el traslado.
Es maravillosa cuando hay que resolver algo, pero puede desesperarse cuando alguien propone cambiar los planes.
Su gran aprendizaje: dejar un poquito de espacio para las sorpresas.
La que improvisa todo
Sale del hotel sin saber exactamente adónde va.
Si encuentra una callecita bonita, se mete. Si descubre un café encantador, se sienta. Y si cambia el plan, ¡mejor!
Viajar con ella puede ser una aventura deliciosa.
Pero cuando hay horarios, reservaciones o un grupo esperando, tanta espontaneidad puede complicar las cosas.
Su gran aprendizaje: entender que un poquito de organización también permite disfrutar.
La que quiere verlo TODO
Se levanta temprano y quiere aprovechar cada minuto.
Museos, monumentos, mercados, excursiones… ¡y si alcanza el tiempo, otro museo!
Regresa al hotel agotada, pero feliz.
El problema aparece cuando su compañera quiere sentarse tranquilamente a tomar un café.
Su gran aprendizaje: comprender que disfrutar un destino no significa necesariamente recorrerlo completo.
La que viaja para descansar
Para ella, las vacaciones son sinónimo de tranquilidad.
Le encanta desayunar sin prisas, disfrutar del hotel, caminar un rato y sentarse a contemplar el paisaje.
No necesita conocer veinte lugares para sentir que aprovechó el viaje.
Y tampoco tiene por qué sentirse culpable.
Su gran aprendizaje: encontrar un equilibrio cuando viaja con personas que tienen otro ritmo.
La que convierte todo en una aventura
Es la primera en apuntarse a una actividad diferente.
Prueba comidas desconocidas, habla con todo el mundo y se entusiasma con experiencias que otras ni siquiera considerarían.
Su energía es contagiosa.
Aunque a veces necesita recordar que no todas queremos subirnos a esa lancha, caminar cinco kilómetros o probar aquel platillo misterioso.
¡Y no pasa nada!
La que disfruta más de la compañía
Puede estar en París, en Tequisquiapan o a dos horas de su casa.
Para ella, lo más importante no siempre es el destino, sino con quién comparte la experiencia.
Disfruta las conversaciones, las risas, las sobremesas y esos momentos que no aparecen en ningún itinerario.
Y muchas veces termina recordando más una carcajada compartida que el monumento más famoso del lugar.
¿Y qué pasa cuando viajamos juntas?
Aquí viene lo interesante.
Podemos ser grandes amigas y tener formas completamente distintas de viajar.
Una quiere salir a las ocho de la mañana y la otra apenas está pensando en desayunar.
Una quiere ir de compras y la otra no soporta entrar a una tienda.
Una necesita silencio para dormir y la otra quiere platicar hasta la madrugada.
¡Y las dos tienen derecho a disfrutar sus vacaciones!
Por eso, antes de viajar acompañadas, me parece fundamental hablar de nuestras expectativas.
¿Queremos hacer todo juntas? ¿Nos parece bien separarnos algunas horas? ¿Tenemos presupuestos parecidos? ¿Somos compatibles para compartir habitación?
No son preguntas incómodas. Son preguntas que pueden salvar una amistad.
Y hay algo que siempre me gusta recordar: viajar juntas no significa tener que hacer absolutamente todo juntas.
Podemos compartir una experiencia maravillosa respetando los gustos, los tiempos y los espacios de cada una.
No hay una viajera perfecta
Y menos mal, porque ¡qué aburrido sería que todas fuéramos iguales!
Además, no siempre somos del mismo tipo.
Podemos ser organizadas para los vuelos, aventureras para conocer lugares nuevos y absolutamente felices sin hacer nada una tarde entera.
Nuestra forma de viajar también cambia con los años, con las circunstancias y con las personas que nos acompañan.
Lo importante es conocernos, aprender a convivir y entender que nuestras diferencias no tienen por qué convertirse en problemas.
Al contrario, pueden enriquecer muchísimo nuestras experiencias.
Así que la próxima vez que organices un viaje con amigas, antes de decidir el destino, quizá valga la pena hacerse una pregunta:
¿Somos compatibles para viajar?
Porque un viaje maravilloso no depende solamente del lugar al que vamos.
También depende de la actitud que llevamos, de nuestra capacidad de adaptarnos y del respeto que tenemos por quienes nos acompañan.
Y ahora sí, cuéntame:
¿Qué tipo de viajera eres tú?
¡Yo tengo un poquito de varias! Y algunas veces hasta me sorprendo a mí misma.
