Viajar también es cuidarte

Cuando pensamos en cuidado personal, casi siempre pensamos en comer mejor, dormir más, caminar, tomar agua, ir al doctor o descansar un poco.

Y claro que todo eso importa.

Pero hay una forma de cuidado personal de la que casi no hablamos: viajar.

No viajar como lujo.
No viajar como capricho.
No viajar como algo que “algún día” haremos si sobra tiempo, dinero o energía.

Viajar como una manera de volver a ti.

Como una forma de recordarte que no solo estás aquí para resolver pendientes, cuidar a otros, organizar la casa, contestar mensajes y estar disponible para todos.

También estás aquí para vivir.

Viajar te saca de la rutina

A veces el cansancio no viene solamente del cuerpo.

Viene de vivir siempre en lo mismo.

La misma rutina.
Las mismas obligaciones.
Las mismas preocupaciones.
La misma conversación interna de “después”, “cuando tenga tiempo”, “cuando se acomode todo”.

Y así pasan los años.

Una se acostumbra a dejarse para luego.

Por eso, viajar en esta etapa de la vida puede ser mucho más que hacer una maleta y tomar un avión.

Puede ser una declaración.

Una forma de decir:

Aquí estoy.
Todavía quiero.
Todavía puedo.
Todavía me emociono.
Todavía hay lugares que quiero conocer y experiencias que quiero vivir.

Viajar no siempre significa ir lejos

No siempre se trata de un gran viaje.

A veces puede ser un fin de semana.
Un desayuno con amigas.
Una escapada a un pueblo cercano.
Un crucero.
Una reunión presencial.
Una salida que te cambie el aire.

Lo importante no siempre es la distancia.

Lo importante es lo que se mueve dentro de ti cuando decides salir.

Porque viajar te obliga a hacer espacio.

En la agenda.
En la maleta.
En la cabeza.
Y también en la vida.

Viajar te ayuda a soltar

Cuando preparas un viaje, inevitablemente tienes que elegir.

Qué llevas.
Qué dejas.
Qué necesitas de verdad.
Qué estás cargando solo por miedo.

Y no hablo únicamente de ropa.

También cargamos preocupaciones, culpas, pendientes, historias viejas, frases que nos dijeron, ideas de lo que “deberíamos” estar haciendo a nuestra edad.

A veces un viaje nos ayuda a ver todo eso con más claridad.

Porque cuando sales de tu rutina, también sales un poco de tus personajes.

De la mamá que siempre resuelve.
De la abuela que siempre está disponible.
De la esposa que se acomoda.
De la mujer que no quiere molestar.
De la que dice “yo al final veo”.

Y de pronto, aunque sea por unos días, vuelves a ser tú.

La que se arregla porque quiere.
La que se sienta a tomar café sin correr.
La que se ríe de cualquier cosa.
La que se emociona viendo el mar.
La que se toma fotos.
La que vuelve a sentirse viva.

Viajar también es un reto

Claro que viajar puede dar miedo.

Que si el aeropuerto.
Que si la maleta.
Que si me canso.
Que si no conozco a nadie.
Que si no sé con quién ir.
Que si me pierdo.
Que si no me adapto.

Pero cada vez que te atreves, aunque sea un poquito, algo dentro de ti se acomoda.

Te das cuenta de que puedes.

De que sabes resolver.
De que todavía aprendes.
De que todavía decides.
De que todavía tienes recursos.

Una mujer que viaja no solo colecciona fotos.

Colecciona confianza.

Colecciona historias.

Colecciona momentos en los que se dijo a sí misma: sí pude.

Viajar también descansa

A veces creemos que descansar es quedarnos en casa.

Pero muchas veces en casa no descansamos.

En casa vemos lo que falta, lo que hay que ordenar, lo que hay que pagar, lo que hay que resolver.

Aunque estemos sentadas, la cabeza sigue trabajando.

En cambio, cuando viajas, algo se interrumpe.

Cambias el escenario.
Cambias el ritmo.
Cambias la mirada.

Y eso también descansa.

Descansa la mente.
Descansa el alma.
Descansa esa parte de ti que lleva años funcionando en automático.

Viajar te recuerda que todavía hay camino

Por eso me gusta tanto hablar de viajes en esta etapa de la vida.

Porque no son solo destinos.

Son oportunidades.

De reconectar contigo.
De hacer amigas.
De reírte más.
De soltar el control.
De darte cuenta de que no tienes que cargar con todo.

Ni en la maleta.
Ni en la vida.

Tal vez ese sea uno de los grandes regalos de viajar: que te enseña a ir más ligera.

Más ligera de cosas.
Más ligera de miedo.
Más ligera de culpas.
Más ligera de esa idea de que ya se te pasó el tiempo.

Porque no se te pasó.

Mientras tengas ilusión, curiosidad y ganas de moverte, todavía hay camino.

No necesitas esperar a que todo sea perfecto.

Siempre habrá pendientes.
Siempre habrá alguien que opine.
Siempre habrá una razón para posponer.

Pero también puede haber una razón para decir que sí.

Sí a ese viaje.
Sí a esa experiencia.
Sí a conocer nuevas amigas.
Sí a descansar de la rutina.
Sí a volver a emocionarte.
Sí a ti.

Viajar también es cuidarte.

No porque te escapes de tu vida, sino porque te ayuda a volver a ella distinta.

Más despierta.
Más contenta.
Más tuya.

Y si hace tiempo no te das permiso de pensar en un viaje, tal vez este sea un buen momento para preguntarte:

¿Qué lugar me está esperando?
¿Qué experiencia me haría bien?
¿Qué parte de mí necesita salir un poco de la rutina para volver a respirar?

A veces el primer paso no es comprar un boleto.

A veces el primer paso es volver a darte permiso.

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