
Hay cosas que antes una toleraba viajando con una resignación casi heroica.
Vuelos imposibles, hoteles sospechosos, caminatas eternas, zapatos asesinos, tours a las seis de la mañana y maletas que parecían contener la herencia familiar completa.
Y una decía:
“No pasa nada”.
Pero sí pasaba.
Pasaba que llegabas cansada, adolorida, desvelada, de malas y preguntándote por qué algo que se suponía que era vacaciones se sentía como prueba de supervivencia.
Por eso hoy quiero hablar de esas cosas que antes tolerábamos viajando… y que ahora ya no.
No porque nos hayamos vuelto delicadas.
Sino porque ya aprendimos.
Porque hay una edad en la que una sigue queriendo viajar, claro que sí. Pero ya no quiere sufrir innecesariamente.
Una quiere conocer, caminar, reírse, comer rico, ver cosas bonitas, convivir, descansar y emocionarse.
Pero ya no quiere regresar del viaje como si hubiera sobrevivido a una expedición extrema.
El vuelo a las cinco de la mañana “porque salía más barato”
Antes una decía:
“Sí, claro, salimos a las cinco de la mañana, no pasa nada”.
Y luego venía la realidad.
Levantarte a la una y media de la mañana.
Bañarte como zombie.
Cerrar la maleta sin saber si metiste el cepillo de dientes o el control remoto de la tele.
Llegar al aeropuerto con cara de espanto.
Desayunar un café hirviendo y una galleta triste.
Y empezar el viaje con ojeras de tres generaciones.
Pero eso sí: ahorraste tantito.
Ahora una ve ese vuelo y piensa:
“Más barato, sí. Pero mi paz mental también cuesta”.
Porque una cosa es aprovechar una buena tarifa y otra muy distinta es iniciar las vacaciones como si hubieras salido de una guardia nocturna.
La escala de cuarenta y siete minutos
Esa maravilla que alguien, en algún sistema, decidió que era suficiente.
Antes una pensaba:
“Si la aerolínea lo vende, debe estar bien”.
Y ahí ibas.
Corriendo por el aeropuerto.
Con la maleta rebotando.
El bolso abierto.
El pasaporte en la mano.
El suéter colgando.
Sudando como si estuvieras en competencia olímpica.
Y mientras corres, vas diciendo:
“Con permiso, con permiso, perdón, perdón”.
Nada elegante.
Nada relajada.
Nada de “qué emoción mi viaje”.
Llegas a la puerta con la lengua de fuera, el pelo pegado a la frente y la dignidad en la sala anterior.
Ahora una dice:
“Gracias, pero yo ya no corro en aeropuertos. Camino con dignidad o no voy”.
Y eso también es sabiduría viajera.
El hotel “sencillito, total solo vamos a dormir”
Esa frase ha causado muchas tragedias turísticas.
“Total solo vamos a dormir”.
Y sí, solo ibas a dormir.
Pero en un colchón que parecía tabla de planchar.
Con una almohada como tortilla.
Una regadera que mojaba todo menos a ti.
Una ventana que daba al motor del aire acondicionado.
Y una luz en el pasillo que entraba toda la noche como interrogatorio policial.
Antes una decía:
“Bueno, ni modo, es parte de la aventura”.
Ahora una entiende que el hotel no tiene que ser de lujo, pero sí tiene que permitirte descansar.
Porque si no duermes, al día siguiente no disfrutas.
Sobrevives.
Y viajar no debería sentirse como sobrevivir.
La caminata eterna porque “está cerquita”
“Está cerquita” debería venir con advertencia, letra chiquita y seguro de viajero.
Porque muchas veces “cerquita” significa:
Quince cuadras.
Tres subidas.
Un empedrado.
Un solazo.
Y tú con unas sandalias monísimas, pero asesinas.
Antes una aguantaba porque “ni modo”.
Porque “ya estamos aquí”.
Porque “qué pena decir que no”.
Y porque una tenía esa absurda idea de que pedir taxi era exageración.
Ahora una pregunta:
“¿Cerquita para quién? ¿Para una cabra montés o para una señora con rodillas?”
Porque las rodillas también viajan.
Y tienen opinión.
Y a veces una no necesita demostrar nada caminando de más.
Necesita llegar contenta, no destruida.
Los zapatos nuevos estrenados en viaje
Todas hemos cometido ese error.
Comprar unos zapatos divinos para el viaje y estrenarlos allá, como si los pies fueran a entender la ilusión.
Y a las dos horas:
ampolla, curita, dolor, cara de sufrimiento y la frase clásica:
“Yo creo que al ratito se me pasa”.
No se pasa.
Empeora.
Y ahí vas, caminando raro, tratando de verte natural, mientras por dentro estás negociando con todos los santos para encontrar una farmacia.
Ahora una ya sabe:
Al viaje van zapatos probados, caminados y aprobados por los pies.
No por el espejo.
Porque el espejo dice:
“Qué bonitos se ven”.
Pero los pies dicen:
“Conmigo no cuentes”.
El tour que empieza a las seis de la mañana
Antes una decía:
“Sí, para aprovechar”.
Y ahí estabas en el lobby a las cinco cuarenta, con cara de no saber ni en qué país estabas, subiéndote a una camioneta donde todos van callados porque nadie ha despertado todavía.
Te dan una cajita de desayuno con un juguito tibio, una manzana triste y un pan que no sabes si es pan o material de construcción.
Y tú pensando:
“¿Esto era necesario?”
Ahora una entiende que aprovechar el viaje no siempre significa levantarse de madrugada.
A veces aprovechar también es dormir bien, desayunar tranquila y salir con alma en el cuerpo.
Porque una cosa es viajar.
Y otra muy distinta es someterse a una auditoría de puntualidad al amanecer.
Querer verlo todo en un solo día
Antes el itinerario parecía castigo.
Museo.
Iglesia.
Plaza.
Mercado.
Mirador.
Comida rápida.
Otro museo.
Otra iglesia.
Foto.
Baño.
Taxi.
Cena.
Y al hotel arrastrando los pies.
Y luego decías:
“Qué bonito viaje, pero estoy muerta”.
Ahora una ya sabe que un viaje no vale más porque terminaste destruida.
No te dan medalla por ver siete iglesias, tres museos y dos mercados en un día.
A veces vale más sentarte a tomar café, ver pasar la vida y acordarte de que también fuiste a disfrutar.
Porque viajar no es llenar una lista de pendientes.
Para eso ya tenemos la vida diaria.
Viajar también es detenerte.
Mirar.
Respirar.
Saborear.
Estar.
Compartir cuarto con alguien incompatible
Esto puede ser comedia pura.
Una quiere dormir temprano, la otra quiere platicar hasta la una.
Una necesita silencio, la otra ronca como tráiler en subida.
Una deja todo ordenado, la otra explota la maleta en el piso como si hubiera habido una emergencia textil.
Una prende el aire acondicionado en modo congelador industrial.
La otra duerme con suéter, calcetines y bufanda.
Una necesita oscuridad total.
La otra deja prendida una lucecita “por si se levanta”.
Y ahí están las dos, tratando de conservar la amistad y la salud mental.
Antes una decía:
“No importa, nos acomodamos”.
Ahora una sabe que elegir bien con quién compartes cuarto puede salvar amistades, viajes y sistema nervioso.
Y si necesitas cuarto sola, no eres antisocial.
Eres una mujer que ya se conoce.
Y eso también se vale.
El baño aventurero
Hay baños que una no olvida.
El baño del tour.
El baño de la gasolinera.
El baño del restaurante “típico”.
El baño del barco chiquito.
El baño sin papel, sin seguro, sin luz y con una puerta que no cierra.
Ese momento en que entras, miras alrededor y piensas:
“Dios mío, dame fuerza”.
Antes una entraba con resignación.
Ahora una viaja con kleenex, gel, paciencia y una filosofía de vida:
“Yo puedo con esto, pero que no se repita mucho”.
Porque hay aventuras que enriquecen el alma.
Y otras que solo te hacen valorar el baño de tu casa.
La maleta gigante “por si acaso”
Antes una metía de todo.
Por si hace frío.
Por si hace calor.
Por si llueve.
Por si hay cena elegante.
Por si camino.
Por si no camino.
Por si me invitan.
Por si me arrepiento.
Por si me da por ser otra persona durante el viaje.
Y al final cargabas una maleta que parecía mudanza internacional.
La cerrabas sentándote encima, rezando y haciendo fuerza con todo el cuerpo.
Y cuando llegabas al destino, usabas lo mismo de siempre.
Ahora una entiende que no necesitas llevar media casa para sentirte segura.
Necesitas elegir mejor.
Porque muchas veces la maleta no está llena de ropa.
Está llena de dudas.
Y viajar más ligera no es llevar menos por sufrir.
Es llevar mejor para disfrutar más.
La comida rápida que te arruina el día
Antes una comía lo que hubiera, a la hora que fuera, porque “estamos de viaje”.
Un café aquí.
Una galleta allá.
Un sándwich sospechoso.
Algo frito.
Algo muy condimentado.
Algo que no sabes bien qué era, pero olía rico.
Y sí, estamos de viaje… pero el estómago no recibió el memo.
Ahora una sabe que comer bien, hidratarse y no jugarle a la valiente también es parte de viajar bonito.
Porque el cuerpo viaja contigo.
Y si lo tratas mal, te cobra.
A veces con intereses.
Decir que sí a todo para no incomodar
Esta tal vez es de las más importantes.
Antes una decía que sí.
Sí al tour.
Sí a caminar más.
Sí a cenar tarde.
Sí a compartir cuarto.
Sí a cargar bolsas.
Sí a ir aunque estuviera cansada.
Sí a levantarse temprano.
Sí a “vamos rapidito”.
Sí a “no seas exagerada”.
Y por dentro pensaba:
“Yo ya quiero sentarme, pero no quiero ser aguafiestas”.
Cuántas veces hemos hecho eso.
Cuántas veces hemos aguantado de más para no molestar.
Cuántas veces hemos terminado agotadas, incómodas o de malas por no decir:
“Yo hasta aquí”.
Ahora una aprende a decir:
“Yo las alcanzo después”.
“Yo hoy descanso”.
“Yo prefiero taxi”.
“Yo necesito parar tantito”.
“Yo ese plan lo salto”.
Y eso no arruina el viaje.
Lo mejora.
Porque cuando una se cuida, disfruta más.
Y cuando disfruta más, también convive mejor.
No es egoísmo.
Es sentido común.
No somos difíciles. Ya nos conocemos más.
Tal vez ese sea el punto más importante de todo esto.
No es que ahora seamos difíciles.
Es que ahora nos conocemos más.
Ya sabemos qué nos cansa.
Qué nos irrita.
Qué nos duele.
Qué nos quita paz.
Qué nos ayuda a disfrutar.
Qué nos hace sentir cómodas.
Qué necesitamos para viajar bien.
Y eso no nos hace menos viajeras.
Nos hace viajeras con experiencia.
Viajar a esta edad no es aguantar más.
Es elegir mejor.
No se trata de hacer viajes perfectos, porque eso no existe.
Siempre habrá imprevistos.
Siempre habrá alguna caminata más larga de lo esperado, algún baño inolvidable, algún horario incómodo, alguna comida rara, algún momento en que haya que respirar profundo y decir:
“Bueno, esto también será anécdota”.
Pero una cosa es aceptar los imprevistos normales de un viaje…
y otra muy distinta es ponernos voluntariamente en situaciones que ya sabemos que nos cuestan paz, sueño, energía o rodillas.
Porque una cosa es tener espíritu aventurero.
Y otra muy distinta es creer que para viajar hay que sufrir.
Ya no.
Ahora queremos viajar, sí.
Pero viajar bonito.
Viajar cómodas.
Viajar con amigas.
Viajar con pausas.
Viajar con zapatos buenos.
Viajar con hoteles donde sí se pueda dormir.
Viajar con escalas humanas.
Viajar con una maleta que no parezca castigo.
Viajar con permiso de decir: “Yo hoy no puedo más”.
Y sobre todo, viajar sin pedir perdón por cuidarnos.
Porque cuidarnos también es parte del viaje.
Y si algo de todo esto te hizo reír, seguramente es porque ya te pasó.
A mí también.
A todas nos ha pasado algo.
Y lo bonito es que ahora podemos reírnos, aprender y viajar mejor.
No menos.
Mejor.
