Para seguir viajando mañana, hay cosas que tenemos que cuidar hoy

Hay una pregunta que últimamente me ronda mucho la cabeza:

¿Para qué quiero estar bien?

No solamente estar bien porque toca cuidarse.

No solamente hacer ejercicio porque a cierta edad nos dicen que hay que conservar músculo, equilibrio, movilidad y una cabeza despierta.

¿Para qué quiero todo eso?

Y una de mis respuestas es muy sencilla:

Porque quiero seguir viajando.

Quiero seguir caminando por ciudades que no conozco.

Quiero poder subir las escaleras de un barco, recorrer un aeropuerto enorme, caminar por una calle empedrada, levantarme de una silla después de una comida larguísima y decir: “¿y ahora a dónde vamos?”

Quiero poder hacer mi maleta.

Quiero aprender a usar las aplicaciones que hagan falta.

Quiero seguir tomando decisiones.

Quiero conservar, durante el mayor tiempo posible, esa maravillosa sensación de poder decir:

“Voy.”

Y entonces entendí algo.

Un viaje empieza mucho antes de hacer la maleta

Cuando pensamos en prepararnos para viajar, normalmente pensamos en el pasaporte, los boletos, el seguro, los zapatos cómodos y qué demonios vamos a meter en la maleta.

Pero quizá la preparación más importante empieza años antes.

Empieza en nuestro cuerpo.

En nuestra cabeza.

En nuestros hábitos.

Y también en nuestras ganas.

Porque viajar exige mucho más de nosotras de lo que a veces pensamos.

Necesitamos fuerza para caminar, cargar, subir y bajar.

Equilibrio para movernos por lugares que no conocemos.

Movilidad para entrar a un autobús, agacharnos por algo que se cayó o subir un escalón más alto de lo esperado.

Una cabeza despierta para orientarnos, resolver, preguntar y aprender cosas nuevas.

Y necesitamos independencia.

No porque tengamos que hacerlo todo solas, sino porque queremos seguir teniendo la posibilidad de elegir.

El mundo puede empezar a hacerse pequeño sin que nos demos cuenta

Hay algo que me impresionó mucho mientras preparaba el audio de esta semana.

Pensé en todas esas pequeñas cosas que un día dejamos de hacer.

“Mejor no voy.”

“Está muy lejos.”

“Ya no quiero manejar.”

“Que alguien más lo haga.”

“Eso de las aplicaciones no se me da.”

“Ya estoy grande para aprender.”

“Viajar sola me da miedo.”

Ninguna parece especialmente grave.

El problema es cuando empiezan a acumularse.

Porque podemos ir adaptándonos poco a poco a hacer menos, salir menos, decidir menos, movernos menos…

hasta que un día descubrimos que nuestro mundo se hizo más pequeño.

Y yo no quiero eso.

No quiero obsesionarme con parecer más joven.

Quiero conservar una vida grande.

Tan grande como sea posible para cada etapa.

Cuidarnos también es una forma de seguir viajando

Por eso he empezado a mirar de otra manera muchas cosas que hacemos todos los días.

Hacer ejercicio ya no es solamente “hacer ejercicio”.

Es trabajar las piernas que quiero que algún día me lleven por Lisboa, Kioto o Buenos Aires.

Cuidar mi equilibrio no es aprobar un examen de envejecimiento saludable.

Es sentirme más segura cuando aparezca una escalera, un adoquín o el baño de un hotel que parece diseñado por un enemigo 😂.

Seguir aprendiendo no es solamente “mantener activo el cerebro”.

Es poder enfrentarme a un aeropuerto nuevo, entender una aplicación, buscar una dirección o solucionar un imprevisto.

Comer bien, dormir, moverme, conservar fuerza y flexibilidad…

todo empieza a tener otro significado cuando sé para qué quiero hacerlo.

Pero hay algo que también tenemos que ejercitar

Las ganas.

La curiosidad.

La ilusión.

Porque esas también pueden dejar de usarse.

Y quizá por eso me gustan tanto los viajes.

Desde el momento en que ponemos uno en el calendario, algo cambia.

Hay una fecha adelante.

Empezamos a imaginar.

A investigar.

A preguntar.

A pensar qué vamos a llevar.

A contar cuánto falta.

Todavía no hemos salido de casa y ya estamos mirando hacia adelante.

Y creo que eso también nos mantiene vivas.

No porque viajar sea la única manera de hacerlo.

Por supuesto que no.

Cada una tendrá sus propios motivos.

Pero para quienes amamos viajar, hay una pregunta que vale la pena hacernos:

¿Qué puedo cuidar hoy para poder seguir haciéndolo mañana?

No podemos controlar todo lo que harán los años con nosotras.

Pero sí podemos ocuparnos de muchas de las cosas que todavía están en nuestras manos.

Mover el cuerpo.

Usarlo.

Aprender.

Salir.

Relacionarnos.

Mantener la curiosidad.

Hacer planes.

Atrevernos.

Y no dejar que el “ya no” se instale antes de tiempo.

Porque quizá el objetivo nunca fue viajar como viajábamos a los 30.

El objetivo es seguir encontrando nuestra manera de viajar a los 60, a los 70, a los 80… mientras podamos y mientras queramos.

Con otro ritmo.

Con más descansos.

Con una maleta más ligera.

Con ayuda cuando haga falta.

Pero seguir.

Porque al final, no se trata de demostrarle nada a nadie.

Se trata de conservar durante el mayor tiempo posible la libertad de mirar algo que nos emociona y poder decir:

Todavía puedo.
Todavía quiero.
¿Vamos?

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