Cuando viajamos, también podemos llevar magia con nosotras

Hay algo que me fascina desde siempre: crear ilusión.

De niñas vivimos la magia desde el otro lado.

Esperábamos a los Reyes.

Nos íbamos a dormir tratando de escuchar algún ruido.

Nos despertábamos temprano.

Y durante unas horas creíamos que algo extraordinario había sucedido mientras dormíamos.

Después crecimos.

Y un día nos tocó descubrir el secreto.

Pero también descubrimos algo mucho más bonito:

Ser quien crea la magia puede ser incluso más divertido que recibirla.

Nos convertimos en los Reyes, en Santa Claus, en el Ratón Pérez, en quienes escondían los regalos, preparaban las sorpresas y esperaban emocionados la cara de los demás.

A mí, particularmente, me fascina ser el duende.

Y creo que no deberíamos dejar de serlo nunca.

La magia no necesita grandes cosas

Con los años podemos volvernos demasiado prácticas.

Tenemos pendientes, compromisos, horarios, mensajes que contestar y mil cosas que resolver.

Y a veces dejamos de hacer esas pequeñas cosas que aparentemente no sirven para nada.

Mandar un mensaje que diga:

“Vi esto y pensé en ti.”

Acordarnos de que alguien tenía hoy una cita importante.

Llevarle a una amiga algo que sabemos que le encanta.

Decirle a alguien que se ve preciosa.

Escuchar sin intentar resolver.

Preguntar “¿Cómo estás?” y esperar de verdad la respuesta.

Pequeños detalles.

Pero quizá ahí vive gran parte de la magia de la vida.

Porque ser el duende no significa comprar regalos.

Significa estar atento.

Mirar.

Escuchar.

Acordarnos.

Hacer sentir a otra persona que la vimos.

Y cuando viajamos, podemos llevar la magia con nosotras

Viajar nos cruza con cientos de personas.

Algunas estarán con nosotras durante días.

Otras, apenas unos minutos.

La persona que nos recibe en un hotel.

El mesero que nos sirve el desayuno.

El guía que nos enseña su ciudad.

Quién nos ayuda con una maleta.

La mujer que vende algo en un mercado.

Alguien que nos da una indicación cuando estamos perdidas.

No sabemos nada de sus vidas.

No sabemos cómo amanecieron esa mañana, qué problemas tienen, si están cansados, preocupados o si llevan horas atendiendo viajeros que ni siquiera los miran.

Y probablemente nunca los volveremos a ver.

Pero por unos minutos nuestras vidas se encontraron.

Podemos pasar de largo.

O podemos dejar algo.

Una sonrisa.

Un gracias mirándolo a los ojos.

Preguntar su nombre.

Intentar decir una palabra en su idioma, aunque la pronunciemos fatal.

Reconocer su trabajo.

Decirle:

“Gracias. Hiciste más bonito mi día.”

Parece insignificante.

Pero no sabemos qué puede significar para quien lo recibe.

Podemos dejar pequeñas chispitas de magia en Barcelona, en Japón, en un pueblo perdido o hasta en Timbuctú.

Y seguir nuestro camino.

También viajamos por la vida de nuestras compañeras

Cuando viajamos acompañadas ocurre algo todavía más bonito.

Porque un viaje no se construye solamente con monumentos, hoteles y paisajes.

También se construye con pequeños gestos.

Esperar a la que camina más despacio.

Guardar un asiento.

Tomarle una foto bonita a la que siempre fotografía a todas.

Sentarnos con quien llegó sola.

Preguntarle a la que está callada si está bien.

Compartir algo.

Acordarnos de cómo toma el café.

Decir:

“No te preocupes, yo te espero.”

Parece poco.

Pero muchas amistades empiezan exactamente así.

Con un desayuno.

Con un “siéntate aquí”.

Con una conversación.

Con un “avísame cuando llegues”.

Con alguien que se acordó de nosotras cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo.

Y quizá por eso, cuando regresamos de un viaje, no solamente recordamos lo que vimos.

Recordamos cómo nos sentimos con las personas con las que lo vivimos.

Pero no olvidemos ser el duende al regresar a casa

Y aquí está quizá la parte más importante.

Porque puede ser muy fácil sonreírle a alguien en Timbuctú y olvidarnos de sonreírle a quien tenemos enfrente todos los días.

A los desconocidos todavía los miramos.

A las personas nuevas las descubrimos.

Pero a los de siempre podemos empezar a darlos por hecho.

Nuestra pareja.

Nuestros hijos.

Nuestros hermanos.

Las amigas de toda la vida.

Las personas que forman parte de nuestro paisaje cotidiano.

Y también esas relaciones necesitan magia.

Necesitan un mensaje sin motivo.

Un gracias.

Un “pensé en ti”.

Un pastelito.

Una llamada.

Una pregunta hecha con verdadero interés.

Porque los detalles riegan las relaciones.

No son los años los que mantienen vivo un vínculo.

Es seguir mirándonos después de los años.

Vive una vida mágica

Quizá cuando éramos niñas pensábamos que la magia era algo que llegaba.

Ahora sabemos que también podemos crearla.

Y eso me parece todavía más bonito.

No tenemos que esperar una ocasión especial.

Ni un cumpleaños.

Ni Navidad.

Ni siquiera necesitamos conocer mucho a la persona que tenemos enfrente.

Todos los días podemos ser el duende de alguien.

En nuestra casa.

Con una amiga.

Durante un viaje.

O con alguien que se cruzó cinco minutos en nuestro camino y que probablemente nunca volveremos a ver.

Vive una vida mágica.
Crea ilusiones.
Regala sonrisas.

Y cuando viajes, deja un poquito de esa magia en cada corazón que toques.

Aunque nunca lo vuelvas a ver.

Porque nunca sabemos hasta dónde puede viajar un pequeño gesto.

Y si algún día llega hasta Timbuctú…

Qué maravilla.

1 comentario en “Cuando viajamos, también podemos llevar magia con nosotras”

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