Con los años también aprendemos a viajar

Llevo 25 años organizando viajes.

He visto maletas enormes, vuelos perdidos, conexiones imposibles, hoteles maravillosos, hoteles que parecían maravillosos en las fotos, itinerarios en los que no cabía ni un café y viajes que salieron completamente distintos a como estaban planeados.

Y además he viajado.

Mucho.

Pero últimamente me he dado cuenta de algo:

Con los años no solamente aprendemos de la vida. También aprendemos a viajar.

Y no me refiero a saber hacer una maleta perfecta, encontrar la puerta de embarque o distinguir una buena tarifa de una que viene disfrazada de ganga.

Me refiero a otra cosa.

A entender qué queremos sentir cuando viajamos.

Porque hubo una época en la que parecía que había que verlo TODO.

Si llegábamos a París, había que subir a la Torre Eiffel, entrar al Louvre, conocer Notre Dame, caminar por Montmartre, navegar por el Sena y, si quedaban veinte minutos libres, seguramente buscaríamos otra cosa que visitar.

¡Habíamos cruzado medio mundo! Había que aprovechar.

Ahora pienso diferente.

Ahora sé que sentarme en una terraza durante una hora viendo pasar gente también puede ser aprovechar París.

Ya no quiero regresar necesitando vacaciones de mis vacaciones

Eso también lo aprendemos.

Un itinerario lleno no necesariamente es un buen itinerario.

Hay momentos en los que sí queremos conocer, caminar, descubrir y no parar.

Pero también hay días en los que el cuerpo dice:

Hasta aquí.

Y escucharlo no significa que nos estemos haciendo viejas.

Significa que hemos aprendido a escucharnos.

Si una tarde quiero quedarme descansando en el hotel mientras los demás recorren tres iglesias, dos museos y un mercado, no pasa absolutamente nada.

El mundo seguirá ahí.

Y probablemente yo disfrute muchísimo más la cena.

También aprendí que barato y conveniente no siempre son lo mismo

Ay, los vuelos baratísimos.

Esos que salen a las 5:40 de la mañana desde un aeropuerto lejísimos, hacen dos escalas y llegan 17 horas después.

Sí, costaron menos.

Pero quizá lo pagamos en taxis, maletas, comidas, horas de espera, cansancio y mal humor.

Con los años empiezas a darle precio también a otras cosas:

Tu tiempo, tu comodidad y tu tranquilidad.

Y eso cambia muchísimo nuestra manera de elegir.

No siempre lo más caro es mejor.

Pero tampoco siempre lo más barato sale barato.

El hotel sí importa

Hubo un tiempo en que decíamos:

“Total, al hotel solo voy a dormir”.

Bueno…

Hasta que llegas después de caminar 18,000 pasos y descubres que tu “hotel encantador” no tiene elevador y tu habitación está en el cuarto piso.

😂

Ahora valoro otras cosas.

Una buena ubicación.

Una cama cómoda.

Un baño en el que pueda moverme.

Un elevador.

Un desayuno agradable.

Poder regresar un rato al hotel si estoy cansada sin tener que atravesar media ciudad.

No necesito necesariamente lujo.

Necesito que el hotel me facilite el viaje, no que se convierta en otra aventura que superar.

Aprendemos también que no tenemos que hacer todo lo que hacen los demás

Esto es importantísimo cuando viajamos en grupo.

Que diez quieran hacer algo no significa que tú tengas que hacerlo.

Puedes decir:

“Yo hoy no voy”.

Y ya.

No tienes que justificarte, inventarte dolor de cabeza ni sentir que estás arruinando el viaje de nadie.

Viajar juntas no significa estar pegadas las 24 horas.

De hecho, muchas veces separarnos un rato hace que volvamos felices a encontrarnos y tengamos cosas nuevas que contarnos.

Una maleta más grande no hace un mejor viaje

Esto me ha costado años. 😂

Seguimos metiendo ese “por si acaso”.

Y otro “por si acaso”.

Y unos zapatos “por si vamos a un lugar elegante”.

Y una chamarra “por si hace muchísimo frío”.

Y acabamos cargando por aeropuertos y estaciones con un montón de cosas que regresan a casa exactamente como salieron.

Con los años una va entendiendo que casi todo se puede resolver.

Que repetir pantalón no es una tragedia.

Que nadie está llevando la cuenta de nuestras blusas.

Y que cargar menos también es una forma de viajar más libre.

Pero quizá lo más importante es que aprendemos a soltar

Un vuelo se retrasa.

Llueve el día de la excursión.

El restaurante que queríamos está cerrado.

La habitación no está lista.

Nos cambian una puerta de embarque.

El guía llega tarde.

Algo que imaginábamos espectacular resulta bastante normalito.

Y, en cambio, aquella cafetería a la que entramos porque empezó a llover termina siendo uno de los recuerdos más bonitos del viaje.

Eso también me lo han enseñado los años:

El viaje perfecto no existe.

Y qué bueno.

Porque muchas veces lo inolvidable aparece precisamente cuando las cosas dejan de salir como las habíamos planeado.

Hoy viajo diferente

Quiero conocer lugares, por supuesto.

Quiero seguir sorprendiéndome.

Quiero probar cosas, caminar calles que no conozco, comer algo cuyo nombre no puedo pronunciar y seguir sintiendo esas mariposas cuando estoy a punto de salir de viaje.

Pero ya no quiero coleccionar lugares.

Quiero coleccionar momentos.

Quiero acordarme de aquella sobremesa.

De la carcajada en el tren.

De la señora con la que empezamos a platicar sin entendernos demasiado.

De aquel atardecer que no estaba en el itinerario.

De cuando nos perdimos.

De cuando encontramos algo que no buscábamos.

De cómo me sentí.

Quizá esa sea una de las grandes ventajas de seguir viajando mientras cumplimos años.

Ya sabemos que no tenemos que demostrarle nada a nadie.

No necesitamos regresar diciendo:

“Conocí 14 ciudades en 12 días”.

Podemos regresar diciendo simplemente:

“Qué bien la pasé”

Y eso, para mí, es haber hecho un gran viaje.

Porque con los años aprendemos muchas cosas.

Pero hay una que me gusta especialmente:

viajar ya no se trata solamente de todo lo que todavía queremos conocer.

También se trata de cómo queremos vivirlo.

Y yo quiero seguir viajando.

Muchísimo.

Pero sin correr detrás del viaje.

Quiero disfrutarlo mientras sucede.

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