
Nunca me ha gustado especialmente el fútbol.
De hecho, si les soy sincera, durante muchos años me parecía bastante aburrido.
Cuando era niña, mi papá compró dos plateas en el Estadio Azteca. Cada domingo nos llevaba a los partidos y, como éramos tres hijos, nos turnábamos para acompañarlo. A mí me tocaba aproximadamente cada tres domingos.
Y ahí iba.
No porque me apasionara el deporte.
Iba porque mi papá me compraba una torta y una Coca-Cola.
Ese era mi verdadero motivo para asistir.
Lo curioso es que, aunque nunca fui futbolera, el fútbol siguió acompañando distintas etapas de mi vida. Mi papá veía cualquier partido que estuviera pasando por televisión. Mis hijos crecieron enamorados de este deporte. Y ahora, con toda la emoción que despierta un Mundial, me encontré escuchando una reflexión sobre lo que el fútbol puede enseñarnos acerca de la vida.
Y terminé pensando en nosotras.
Porque al final, el fútbol no se trata solamente de una pelota.
Se trata de personas.
De trabajo en equipo.
De caídas.
De oportunidades.
De derrotas.
De volver a levantarse.
Y de seguir jugando.
La pelota nunca viene por donde esperas
Una de las frases que más me impactó decía:
«La pelota nunca viene por donde esperas.»
Y pensé inmediatamente en la vida.
¿Cuántas veces creemos saber exactamente cómo será nuestro futuro?
¿Cuántas veces estamos convencidas de que los obstáculos vendrán por un lado y terminan apareciendo por otro completamente distinto?
Si alguien me hubiera dicho hace algunos años que estaría escribiendo estas líneas para una comunidad de cientos de mujeres, probablemente me habría reído.
Yo pensaba que mi vida seguiría un camino.
Y la pelota llegó por otro.
No esperaba crear Vamos.
No esperaba conocer a tantas mujeres extraordinarias.
No esperaba organizar viajes entre amigas.
No esperaba ver cómo personas que nunca se habían visto terminaban compartiendo desayunos, habitaciones, conversaciones y experiencias que recordarían durante años.
La vida tiene esa costumbre de sorprendernos.
Y muchas veces lo mejor que nos sucede llega desde la dirección menos esperada.
La suerte no llega. Se crea.
Hay personas que parecen tener una suerte extraordinaria.
Las vemos viajando.
Conociendo gente nueva.
Viviendo experiencias interesantes.
Cumpliendo sueños.
Y pensamos que tuvieron fortuna.
Pero casi siempre la realidad es otra.
La mayoría de las veces no es suerte.
Es decisión.
Es atreverse.
Es comprar el boleto.
Es hacer la maleta.
Es decir sí cuando el miedo nos está diciendo que no.
Porque la suerte rara vez encuentra a quien permanece sentado esperando.
La suerte suele aparecer cuando nos animamos a entrar a la cancha.
Nadie gana sola
Otra de las reflexiones que más me gustó fue que el mejor jugador no siempre es quien mete el gol.
Muchas veces es quien hace posible la jugada.
Quien pasa la pelota.
Quien ayuda a que los demás brillen.
Quien piensa en el equipo antes que en sí mismo.
Y cuando escuché eso pensé inmediatamente en las mujeres que forman parte de nuestra comunidad.
Pensé en quienes reciben con cariño a las nuevas.
En quienes responden preguntas.
En quienes acompañan a alguien que está nerviosa antes de un viaje.
En quienes comparten experiencias para que otras se sientan más seguras.
Porque la vida no se trata de destacar solas.
Se trata de ayudarnos unas a otras a avanzar más lejos.
Y eso es algo que he visto una y otra vez.
La segunda mitad del partido
Quizá la idea que más me emocionó fue la de la media parte.
Ese momento en el que el partido se detiene.
Los jugadores descansan.
Revisan la estrategia.
Analizan lo que funcionó y lo que no.
Y deciden cómo jugarán la segunda mitad.
Pensé que muchas mujeres vivimos algo parecido.
Llega un momento en que nos detenemos y nos hacemos preguntas importantes.
¿Quiero seguir viviendo exactamente igual?
¿Hay sueños que dejé pendientes?
¿Todavía estoy a tiempo?
Y la respuesta que me gustaría darles es la misma que me doy a mí misma.
Sí.
Todavía estamos a tiempo.
A tiempo de viajar.
A tiempo de aprender.
A tiempo de hacer nuevas amigas.
A tiempo de cambiar de rumbo.
A tiempo de descubrir cosas nuevas sobre nosotras mismas.
A tiempo de empezar.
Muchas personas creen que cierta edad marca el final de las posibilidades.
Yo cada vez estoy más convencida de lo contrario.
La vida sigue mientras sigamos teniendo ganas de vivirla.
Lo peor no es perder
Hubo una frase que me dejó pensando durante días.
«Lo peor no es perder una final. Lo peor es verla por televisión.»
Y creo que aplica perfectamente a la vida.
Lo peor no es equivocarse.
Lo peor no es sentir miedo.
Lo peor no es que algo no salga exactamente como esperábamos.
Lo peor es quedarse con la duda.
Preguntarse durante años qué habría pasado si hubiéramos intentado.
Si hubiéramos viajado.
Si hubiéramos dicho que sí.
Si nos hubiéramos atrevido.
Porque al final, las experiencias que más recordamos rara vez son las que salieron perfectas.
Son las que nos animamos a vivir.
Todavía queda partido
Si algo me ha enseñado esta etapa de mi vida es que nunca sabemos cuánto tiempo queda por jugar.
Pero sí sabemos algo importante.
Mientras el partido continúe, todavía podemos movernos.
Todavía podemos aprender.
Todavía podemos cambiar la estrategia.
Todavía podemos conocer personas maravillosas.
Todavía podemos cumplir sueños que llevaban años esperando.
Y quizás esa sea la gran lección.
No importa cómo haya sido la primera mitad.
No importa cuántos errores hayamos cometido.
No importa cuántas veces nos hayamos quedado en la tribuna.
Lo importante es recordar que todavía podemos entrar a la cancha.
Porque la verdad es que este partido que me está tocando jugar hoy me está gustando muchísimo.
Y sospecho que muchas de ustedes también están descubriendo que la mejor parte del juego quizá apenas está comenzando.
Porque sí.
Todavía queda partido.
Y todavía nos quedan muchos viajes por vivir.
