No pasa nada… hasta que dejamos de viajar

Hay una frase que decimos con una facilidad enorme:

“No pasa nada.”

No pasa nada si este año no viajo.

No pasa nada si dejo ese viaje para después.

No pasa nada si espero a tener con quién.

No pasa nada si mejor cuando tenga más tiempo.

No pasa nada si ya no quiero complicarme con aeropuertos, maletas, vuelos, reservaciones.

Y es verdad.

No pasa nada.

El mundo sigue girando.
Nuestra vida continúa.
El destino seguirá ahí el próximo año.

Pero últimamente he pensado mucho en las cosas que no desaparecen de nuestra vida de golpe.

Simplemente dejamos de hacerlas.

Y viajar puede ser una de ellas.

No siempre dejamos de viajar porque ya no queremos

A veces dejamos de viajar porque un día nos dio flojera.

Otro porque no encontramos con quién.

Otro porque el vuelo estaba muy largo.

Otro porque nos dio miedo ir solas.

Otro porque alguien nos dijo: “¿A estas alturas?”

Otro porque pensamos que mejor guardaríamos ese dinero.

Otro porque no queríamos dejar sola a alguna persona.

Otro porque subimos de peso y no nos sentíamos cómodas.

Otro porque nos dolía la rodilla.

Otro porque el aeropuerto nos parecía una pesadilla.

Otro porque organizar todo era demasiado complicado.

Y cada una de esas razones puede ser absolutamente válida.

El problema no es decir que no a un viaje.

El problema sería dejar de preguntarnos si todavía queremos decir que sí.

Porque un “este año no” puede convertirse, sin darnos cuenta, en tres, cinco o diez años.

Y un día alguien nos habla de un lugar que siempre quisimos conocer y contestamos:

“Ya no.”

¿Ya no qué?

¿Ya no queremos?

¿Ya no podemos?

¿O simplemente llevamos tanto tiempo sin hacerlo que empezamos a pensar que ya no es para nosotras?

Son preguntas diferentes.

Nuestra vida también puede hacerse más pequeña sin que lo notemos

No necesitamos cerrar la puerta para dejar de salir.

A veces basta con ir rechazando pequeñas invitaciones.

No necesitamos decidir que nunca más vamos a viajar.

A veces basta con ir posponiendo el siguiente viaje.

Y poco a poco podemos acostumbrarnos a un mundo más pequeño.

A los mismos lugares.
Las mismas personas.
Las mismas conversaciones.
Las mismas rutinas.

Y no tiene nada de malo disfrutar nuestra casa, nuestra tranquilidad y lo conocido.

Yo adoro regresar a mi casa después de un viaje.

Pero una cosa es elegir la tranquilidad y otra muy diferente es acostumbrarnos a no movernos.

Por eso creo que, de vez en cuando, deberíamos preguntarnos:

¿Estoy eligiendo esta vida porque me encanta… o porque me fui acostumbrando a ella?

Porque viajar también se recupera poquito a poquito

Y aquí viene la parte que más me gusta.

Si podemos ir dejando de viajar con pequeñas decisiones, también podemos volver a hacerlo exactamente de la misma manera.

No tienes que empezar cruzando el mundo.

Puedes empezar saliendo a desayunar con alguien que no conoces.

Visitando un museo de tu propia ciudad.

Haciendo una excursión de un día.

Yendo un fin de semana a algún lugar cercano.

Aceptando una invitación.

Preguntando por ese viaje que viste y que te provocó algo.

Sacando el pasaporte del cajón y revisando cuándo vence.

Volviendo a hacer una maleta.

Incluso permitiéndote decir:

“Me encantaría ir.”

Porque muchas veces el viaje empieza muchísimo antes de subirnos a un avión.

Empieza cuando volvemos a imaginar que podemos hacerlo.

Tal vez no necesitas tener todo resuelto

A cierta edad podemos volvernos especialistas en encontrar razones para esperar.

Cuando tenga con quién.

Cuando mis hijos puedan.

Cuando esté más tranquila.

Cuando baje de peso.

Cuando me sienta más fuerte.

Cuando no me dé miedo.

Cuando aparezca la oportunidad perfecta.

Pero la vida rara vez se organiza perfectamente para dejarnos un espacio libre y decirnos:

“Ahora sí. Ya puedes empezar a vivir esto.”

Hay cosas que tenemos que acomodar nosotras.

Y no significa ser irresponsables ni lanzarnos sin pensar.

Significa no permitir que todos los “después” terminen convirtiéndose en un “nunca”.

Quizá hoy no pase nada

A lo mejor hoy solamente preguntas.

Lees un itinerario.

Buscas un lugar en el mapa.

Le escribes a una amiga.

Te acercas a un grupo.

Dices en voz alta:

“A mí me gustaría.”

Y no pasa nada.

Mañana quizá tampoco.

Pero algo ya cambió.

Porque volviste a mirar hacia afuera.

Volviste a tener curiosidad.

Volviste a imaginarte en otro lugar.

Volviste a hacerle un poquito de espacio a la ilusión.

Y un día, casi sin darte cuenta, estás cerrando una maleta.

No dejes de viajar sin haber decidido dejar de viajar

Creo que ésa es la idea que quisiera dejarte hoy.

No tienes que viajar porque otros viajan.

No tienes que conocer cien países.

No tienes que demostrarle nada a nadie.

Y si verdaderamente ya no quieres viajar, está perfecto.

Pero que sea una elección.

No una renuncia que ocurrió poquito a poquito mientras repetías “no pasa nada”.

Porque quizá todavía hay una parte de ti que quiere conocer.

Que quiere sorprenderse.

Que quiere sentarse frente a algo que nunca había visto.

Que quiere probar un sabor nuevo.

Perderse por una calle.

Reírse con alguien que hace unos meses ni siquiera conocía.

Sentir otra vez esa mezcla maravillosa de nervios e ilusión antes de salir de casa.

Y quizá no necesitas empezar con un gran viaje.

Quizá solamente necesitas abrir una ventana.

Mirar hacia afuera.

Y preguntarte:

¿Adónde me gustaría ir?

No tienes que comprar el boleto hoy.

No tienes que tener compañía.

No tienes que saber cómo.

Solamente procura no contestarte demasiado rápido:

“No pasa nada si lo dejo para después.”

Porque sí pasa.

Pasa el tiempo.

Y también puede pasar algo mucho más bonito:

que un pequeño “¿por qué no?” vuelva a ponerte en camino.

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