No necesitas verlo todo para que el viaje valga la pena

Hay una idea que nos persigue cuando viajamos:

“Hay que aprovechar”.

Y claro que sí. Una se va de viaje con ilusión. Quiere conocer, caminar, probar cosas ricas, ver lugares bonitos, tomar fotos, hacer recuerdos y sentir que valió la pena el dinero, el tiempo y la organización.

Pero a veces, en ese afán de aprovechar, convertimos el viaje en una lista de pendientes.

Y para listas de pendientes ya tenemos la vida diaria.

Hoy quiero hablar de esa necesidad de verlo todo.

De llenar el itinerario como si estuviéramos compitiendo contra el reloj.

De pensar que si no entramos al museo más famoso, no subimos al mirador más alto, no vimos la iglesia más antigua, no probamos el platillo más típico y no nos tomamos foto en el lugar más fotografiado, entonces el viaje no contó.

Pero sí cuenta.

Aunque no lo veas todo.

Aunque descanses.

Aunque te sientes.

Aunque decidas dejar algo para otra vez.

Porque no necesitas verlo todo para que el viaje valga la pena.

El itinerario de 14 actividades en un día

Una se emociona planeando y empieza:

“Primero desayunamos temprano, luego vamos al museo, luego caminamos al mercado, luego pasamos por la plaza, luego entramos a la iglesia, luego subimos al mirador, luego comemos algo rápido, luego hacemos el tour, luego vamos a la tienda famosa, luego regresamos al hotel a cambiarnos, luego salimos a cenar y si nos da tiempo vemos el espectáculo”.

Escrito se ve precioso.

Hasta parece que una es muy organizada.

Pero llega el día y a las once de la mañana ya quieres sentarte en una banca y renunciar al proyecto.

Porque el cuerpo no leyó el itinerario.

El cuerpo no dijo:

“Perfecto, hoy vamos a caminar 18 kilómetros, subir 400 escalones, comer a deshoras y sonreír en todas las fotos”.

No.

El cuerpo dice:

“Señora, yo venía de vacaciones”.

Y ahí empieza el conflicto.

Porque la cabeza quiere seguir.
La agenda quiere seguir.
Google Maps dice que sí se puede.
Pero las piernas tienen otra opinión.

Y las rodillas ya mandaron carta formal de protesta.

La peligrosa frase: “pasamos rapidito”

“Pasamos rapidito” debería venir con advertencia.

“Pasamos rapidito al museo”.
“Pasamos rapidito al mercado”.
“Pasamos rapidito a comprar un recuerdito”.
“Pasamos rapidito a ver la catedral”.

Y ese “rapidito” termina siendo hora y media, tres pisos, dos filas, una tienda, un baño, una foto, otra foto, una amiga que se perdió, otra que quiere comprar imanes, otra que necesita café y tú pensando:

“¿En qué momento acepté esto?”

Porque en los viajes, casi nada es rapidito.

Moverse toma tiempo.
Encontrar la entrada toma tiempo.
Hacer fila toma tiempo.
Ir al baño toma tiempo.
Decidir dónde comer toma tiempo.

Y si viajas en grupo, ponerse de acuerdo toma más tiempo que redactar una constitución.

Entonces, cuando alguien dice “pasamos rapidito”, una ya debería preguntar:

“¿Rapidito de cuánto? ¿Rapidito humano o rapidito turístico?”

El maratón cultural

También está esa costumbre de convertir el viaje en maratón cultural.

Porque claro, ya que estás en una ciudad importante, sientes que tienes que verlo todo.

Todos los museos.
Todas las iglesias.
Todos los monumentos.
Todas las plazas.
Todas las calles famosas.

Y no me malinterpretes.

Claro que es maravilloso conocer.

Claro que hay lugares que valen muchísimo la pena.

Claro que hay museos, edificios, barrios y rincones que te dejan sin palabras.

Pero no todos tienen que ser en el mismo día.

Y tampoco tienes que entrar a todo para que el viaje haya valido la pena.

A veces puedes admirar una fachada.

Caminar por una calle bonita.

Sentarte en una plaza.

Tomar un café viendo pasar la vida.

Y eso también cuenta.

Aunque no tenga boleto de entrada.

Aunque no aparezca en la lista de “las 10 cosas que no te puedes perder”.

Aunque no lo hayas tachado en ningún mapa.

Cuenta porque lo viviste.

Tomar foto de todo y no mirar nada

Una va caminando y toma foto de la puerta, la ventana, la lámpara, el plato, la taza, la calle, la flor, la estatua, la amiga, el letrero, el menú, el techo, el piso.

Y de pronto llevas 900 fotos y no sabes ni qué viste.

Porque estabas tan ocupada documentando el viaje que casi no lo miraste.

Queremos guardar el recuerdo.

Queremos compartirlo.

Queremos enseñarlo.

Queremos tener prueba de que estuvimos ahí.

Pero a veces vale la pena bajar el teléfono un momento y decir:

“Voy a mirar esto con mis ojos”.

No todo tiene que quedar en foto.

Algunas cosas pueden quedarse en la memoria.

En el cuerpo.

En esa sensación de “qué bonito momento”.

Porque hay recuerdos que no necesitan buena iluminación.

Necesitan presencia.

La culpa de sentarse

Esto es muy curioso.

Una está de viaje, se sienta a tomar café en una plaza preciosa, con una vista divina, con buena compañía, con un clima agradable… y en lugar de disfrutarlo, empieza la vocecita:

“Pero deberíamos estar viendo algo”.

Como si sentarse no fuera parte del viaje.

Como si descansar fuera desperdiciar tiempo.

Como si tomar café mirando la vida pasar fuera una falla en la productividad turística.

Y no.

Sentarte también es viajar.

Tomar café también es viajar.

Platicar con una amiga también es viajar.

Ver cómo vive la gente del lugar también es viajar.

No todo viaje tiene que ser movimiento.

A veces el mejor momento del día es justo ese en el que no estás haciendo nada espectacular.

Solo estás ahí.

Y qué maravilla poder estar ahí.

El examen imaginario al regresar

También está la comparación.

Esa que aparece cuando alguien te dice:

“¿Cómo que no fuiste a tal lugar?”
“¿Cómo que no subiste a tal mirador?”
“¿Cómo que no entraste a tal museo?”
“¿Cómo que no probaste tal cosa?”

Y una empieza a sentir que hizo mal el viaje.

Como si hubiera examen al regreso.

Como si alguien fuera a ponerte calificación.

“Le faltó el museo principal, pero compensó con buena actitud”.

No.

Tu viaje no tiene que parecerse al de nadie más.

No tienes que justificar por qué descansaste.

No tienes que explicar por qué preferiste una comida tranquila en lugar de otro tour.

No tienes que sentir culpa porque no hiciste todo lo que “se supone” que había que hacer.

Un viaje es tuyo.

Y si para ti ese día lo mejor era caminar despacio, sentarte, ver tiendas, platicar, dormir una siesta o regresar temprano al hotel, también está bien.

Porque viajar no es cumplir expectativas ajenas.

Es vivir una experiencia propia.

“Ya que estamos aquí…”

Otra frase peligrosísima:

“Ya que estamos aquí…”

Con esa frase justificamos todo.

Ya que estamos aquí, vamos al otro lado de la ciudad.

Ya que estamos aquí, subamos los 300 escalones.

Ya que estamos aquí, hagamos el tour de noche.

Ya que estamos aquí, caminemos tantito más.

Ya que estamos aquí, no vamos a descansar.

Y sí, claro que hay que aprovechar.

Pero aprovechar no significa exprimirte hasta quedar seca.

Aprovechar también puede ser elegir bien.

Elegir lo que realmente quieres hacer.

Elegir lo que sí te emociona.

Elegir lo que puedes disfrutar sin pagar después con dolor, cansancio o mal humor.

Porque si para “desquitar” el viaje terminas destruida, ¿qué estás desquitando?

No todo tiene que caber

A veces nos cuesta aceptar que no todo cabe.

Ni en la maleta.

Ni en el día.

Ni en un viaje.

Y eso está bien.

No todo tiene que caber.

Un viaje no necesita estar saturado para ser valioso.

De hecho, muchas veces mientras más saturado está, menos lo disfrutamos.

Porque vas corriendo de un lugar a otro.

Llegas, tomas foto, te vas.

Llegas, compras algo, te vas.

Llegas, haces fila, entras, sales.

Y al final el día se vuelve una colección de pedacitos.

Muchos lugares.

Poca calma.

Muchas fotos.

Poca presencia.

Muchas actividades.

Poco disfrute.

Y una regresa diciendo:

“Estuvo precioso, pero acabé agotada”.

Dejar que el viaje respire

Claro que hay viajes intensos.

Claro que hay días largos.

Claro que hay destinos donde se camina mucho y se quiere conocer mucho.

Pero también hay que aprender a poner pausas.

A dejar espacios vacíos.

A permitir que el viaje respire.

Porque los espacios vacíos también son parte del viaje.

Ahí aparece la conversación inesperada.

El café rico.

La tienda bonita.

La calle que no estaba en el plan.

La risa con una amiga.

La foto espontánea.

El descanso que necesitabas.

La tarde que se volvió memorable justo porque no estaba tan organizada.

A veces lo mejor de un viaje pasa cuando no estás corriendo hacia el siguiente punto.

Pasa cuando te das permiso de quedarte.

Viajar con calma no es viajar con flojera

Viajar con calma no significa perder el tiempo.

No significa “hacer menos” porque ya no puedes.

Significa viajar con más conciencia.

Con más respeto por tu cuerpo.

Con más atención a lo que realmente disfrutas.

Con más libertad para decir:

“Esto sí”.
“Esto no”.
“Esto me emociona”.
“Esto lo dejo para otra vez”.
“Esto no me interesa tanto”.
“Esto prefiero vivirlo despacio”.

Y eso, para mí, es una forma más madura y más bonita de viajar.

Porque antes tal vez una sentía que tenía que demostrar que podía con todo.

Ahora una puede elegir no demostrar nada.

Puede elegir disfrutar.

Puede elegir descansar.

Puede elegir no correr.

Puede elegir sentarse sin culpa.

Puede elegir regresar al hotel temprano.

Puede elegir no entrar a un lugar solo porque “todo mundo va”.

Puede elegir un viaje que se sienta bien.

No solo que se vea bien en fotos.

El cuerpo también viaja

A veces planeamos viajes que se ven espectaculares en papel, pero se sienten agotadores en el cuerpo.

Y a nuestra edad, el cuerpo ya no se queda callado.

El cuerpo avisa.

El cuerpo cobra.

El cuerpo dice:

“Esto sí”.
“Esto ya no”.
“Esto con pausa”.
“Esto con taxi”.
“Esto mañana”.

Y escucharlo no es limitarte.

Es cuidarte.

Porque si tú estás bien, el viaje se disfruta más.

Si descansas, disfrutas más.

Si comes bien, disfrutas más.

Si no corres todo el día, disfrutas más.

Si no te llenas de actividades solo por cumplir, disfrutas más.

Y si viajas con personas que entienden eso, todavía mejor.

Viajar con mujeres que entienden

Por eso es tan bonito viajar con mujeres que están en una etapa parecida.

Porque no tienes que explicar tanto.

Porque si una dice:

“Yo necesito sentarme”,

las otras no la ven como aguafiestas.

Dicen:

“Yo también”.

Y de pronto ese descanso se vuelve parte del paseo.

Ese café se vuelve conversación.

Esa pausa se vuelve recuerdo.

Esa tarde tranquila se vuelve una de las mejores partes del viaje.

Tal vez antes queríamos verlo todo.

Ahora queremos vivirlo bien.

Y eso cambia mucho.

No necesitas verlo todo

No se trata de volver de un viaje con una lista perfecta.

Se trata de volver con algo adentro.

Con alegría.

Con descanso.

Con historias.

Con fotos, sí, pero también con momentos que no necesitaban foto.

Con la sensación de que estuviste ahí de verdad.

No solo de que pasaste corriendo.

Así que si estás planeando un viaje, una escapada o una experiencia, tal vez valga la pena preguntarte:

¿Qué quiero vivir de verdad?
¿Qué me emociona?
¿Qué puedo dejar fuera sin culpa?
¿Dónde necesito una pausa?
¿Qué parte del viaje quiero saborear despacio?

Porque no necesitas verlo todo para que el viaje valga la pena.

Necesitas estar presente.

Necesitas disfrutarlo.

Necesitas volver sintiendo que viajaste, no que cumpliste una misión.

Y si algo se queda pendiente, también está bien.

A veces lo pendiente no es fracaso.

Es pretexto para volver.

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